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Varios estados árabes suníes e Israel acercan posiciones ante su común aprensión frente al poder de Teherán.

 

Oriente Medio recibe con aprensión al nuevo Irán libre de sanciones económicas y financieras y con las puertas abiertas a Occidente. Los equilibrios de las últimas tres décadas tiemblan con esta especie de terremoto diplomático en forma de acuerdo nuclear del que sale una república islámica fortalecida en mitad de una región abonada a la inestabilidad. Israel y Arabia Saudí, los socios tradicionales de Europa y Estados Unidos, miran con incertidumbre al día después y temen el efecto de esta nueva situación en los conflictos abiertos dentro y fuera de sus fronteras y, en el caso de Riad, también en el mercado del petróleo. Una incertidumbre que ha llevado a «una convergencia de intereses entre Israel y varios estados árabes suníes debido a que nos enfrentamos a los mismos desafíos», reveló al diario «The Washington Post» el director general de Exteriores israelí, Dore Gold.

Lo primero que hizo Yukiya Amano tras anunciar que Irán había cumplido con su parte del acuerdo fue viajar a Teherán. El director general de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) despegó de Viena en medio de un ambiente de euforia por el levantamiento de la sanciones económicas y financieras y aterrizó pocas horas después con el anuncio de que el Departamento del Tesoro de Estados Unidos imponía nuevas sanciones a once personas y empresas iraníes vinculadas a su programa de misiles balísticos.

La reacción de Irán fue inmediata. El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores, Hoseín Jaberí, calificó esta media de «intento para agradar tanto a los círculos de poder como a los grupos de presión tanto dentro como fuera de los EEUU», contrarios a un acercamiento entre Irán y Occidente, y dejó muy claro que Irán seguirá adelante «aún con más fuerza» con su «legítimo programa de misiles» para promover sus «capacidades de defensa y seguridad nacional». Un mensaje para tranquilizar también al sector más conservador del régimen que percibe las cesiones del presidente Hasán Rohani en materia nuclear como una derrota y teme que la apertura hacia Occidente mine los valores revolucionarios.

Sobre el papel el acuerdo nuclear garantiza que durante los próximos diez años Irán no fabricará armas atómicas, pero el programa balístico quedó fuera de la mesa de negociación. El 11 de octubre el Ministerio de Defensa iraní informó de la prueba con éxito del misil de largo alcance «Emad», de fabricación nacional y el primero de este tipo capaz de ser dirigido y controlado hasta el momento de impactar contra su blanco a una distancia de hasta 1.700 kilómetros. Tres meses después Washington recuerda a Teherán con estas nuevas medidas que su programa balístico «representa una amenaza significativa a la seguridad regional y global y seguirá siendo motivo de sanciones internacionales», en palabras del secretario adjunto de Terrorismo e Inteligencia Financiera del Departamento del Tesoro, Adam Szubin.

 

Pocas garantías

«Es un acuerdo parcial que deja de lado muchos problemas sobre la injerencia iraní en la región y su apoyo al terrorismo. El programa balístico preocupa y la cuestión es que las garantías despenden de la buena voluntad de Irán y de la capacidad de control de la AIEA», recuerda Yigal Palmor, quien durante seis años fue portavoz de Exteriores de Israel.

Las amenazas principales para el estado judío se llaman Hamás, en Gaza, y Hizbolá, en Líbano, aunque para analistas como Ibrahim Al Marashi, de la Universidad de California, «la posible llegada de más dinero a Hizbolá no es una gran amenaza en un momento en el que la milicia tiene a sus hombres desplegados en Siria e Irak, por lo que no tiene capacidad de lanzar una guerra contra Israel con sus fuerzas desbordadas». En declaraciones al canal Al Jazeera, Al Marashi también relativizó la capacidad de Hamás, «cuyas relaciones con Teherán se enfriaron mucho tras la salida de los islamistas de Siria y su no apoyo a Bashar Al Assad».

En Arabia Saudí no ha habido reacciones oficiales tras el anuncio de implementación del acuerdo con Irán. Ambas potencias han roto sus relaciones diplomáticas y comerciales a causa de una escalada de tensión que estalló a comienzos de año con la ejecución del clérigo chií Nimr Baquer Al Nimr en una prisión del reino y la posterior quema de la legación saudí en Teherán. La histórica pugna del Islam entre suníes y chiíes vive su particular versión del siglo XXI en las guerras de Siria y Yemen, donde Riad y Teherán se enfrentan de manera indirecta a través de sus aliados sobre el terreno.

A este pulso militar por la hegemonía en la región se suma a partir de ahora el petróleo. «Con el levantamiento de las sanciones, Irán tiene la capacidad de aumentar su producción en 500.000 barriles diarios y hoy ha ordenado hacerlo», afirmó en un comunicado el presidente de la Compañía Nacional Iraní de Petróleo, Rokneddin Javadi. Antes de que EE.UU. y la UE decidieran imponer sus castigos de forma conjunta y asfixiar de esta forma la economía iraní, el país producía una media de 2 millones de barriles diarios, pero desde 2011 esa producción fue disminuyendo hasta quedarse en un 1 millón.

 

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